Cruda realidad y si no…
Vi el partido en el celular, entre cajas abiertas, cinta, ropa fuera de lugar y esa sensación rara de vivir una mudanza mientras el país entero se quedaba quieto. La pantalla del celular era pequeña, la emoción inmensa, el volumen subía entre muebles y pendientes, y aun así sentí que el Estadio Ciudad de México cabía en la palma de mi mano. México llegaba cargado de una fe inusual, por lo que venía jugando, por la altura de la capital, por el estadio convertido en garganta, por la buena vibra alrededor de la Selección, por una esperanza que esta vez tenía cuerpo, ritmo, piernas, nombres y razones. Era una ilusión distinta, porque venía acompañada de futbol, de presión alta, de comunión popular y de una afición convencida de que aquella tarde podía romperse una pared vieja. Los ratones verdes convertidos en jaguares.
Después llegó la derrota y apareció el país vestido de director técnico, cada quien con su libreta invisible, cada quien corrigiendo el partido desde la herida. Varias críticas tienen sentido y otras no tanto. Cuando Inglaterra quedó con diez, Javier Aguirre eligió meter al Memote Martínez para llevar el duelo hacia el aire. La intención era comprensible, la lectura discutible. Memote rebasa el uno noventa, pelea todo, incomoda, carga centrales, pero enfrente estaban cinco defensas ingleses de estatura parecida o superior, acostumbrados a duelos aéreos brutales cada fin de semana, formados en una liga que castiga cualquier centímetro mal defendido. Mandar centros contra ese muro era entrar al territorio que Inglaterra domina desde la cuna. Ahí el partido, para muchos, pedía conservar a Quiñones, sostener a Mora, agregar a Chávez y Orbelín, juntar drible, pared, último pase y disparo de larga distancia, porque un rival cansado y reducido también se abre por la grieta fina, por la pelota filtrada, por el golpe desde afuera y por la inteligencia que evita chocar una y otra vez contra gigantes.
La cruda realidad llega cuando la emoción se sienta junto a los datos. Inglaterra llegó valuada en mil trescientos sesenta millones de euros y México en ciento noventa y dos, una distancia de mercado cercana a siete veces, con los ingleses ubicados entre las plantillas de mayor valor del planeta. Transfermarkt coloca a Inglaterra en el segundo sitio mundial por valor de selección y a México bastante lejos de ese vecindario económico. El ranking FIFA previo al torneo ubicaba a Inglaterra en el cuarto lugar y a México en el catorce. Esa brecha cuenta una historia de ligas, minutos, exportación, ritmo competitivo, salarios, centros de entrenamiento, formación temprana, presión semanal y banca profunda. Harry Kane, Jude Bellingham, Declan Rice, Bukayo Saka, Morgan Rogers y Elliot Anderson suman por sí mismos una cifra que supera con amplitud al plantel mexicano entero, y esa diferencia pesa cuando el partido entra en zonas de máxima tensión, cuando un control orientado, una carrera de cinco metros o una decisión bajo presión separan la gloria del lamento.
Y aun así, México compitió. Durante tramos largos empujó a Inglaterra, la incomodó, la encerró, la hizo respirar altura, la obligó a defenderse con diez en un estadio que rugía desde el cemento hasta las nubes. El juego contra Ecuador ya había anunciado una Selección distinta, capaz de mandar, de acelerar, de recuperar arriba y de sostener emocionalmente a un país ansioso de volver a creer. Frente a Inglaterra esa energía alcanzó un punto mayor. Se sintió cerca y se sintió posible. Esa cercanía agranda el dolor, pero también vuelve seria la esperanza.
Ahí entra Gilberto Mora, que en este Mundial dejó de ser promesa para convertirse en una noticia del mundo. FIFA lo registró al inicio del torneo con 17 años y 240 días, el jugador de menor edad de la Copa 2026, y en la fase eliminatoria quedó inscrito en otro renglón histórico al ser titular ante Ecuador con 17 años y 259 días, segundo futbolista de menor edad en iniciar un partido de eliminación directa en una Copa del Mundo, detrás de Pelé. Para el duelo ante Inglaterra tenía 17 años y 264 días, edad de preparatoria y acné, aún así encaró a futbolistas de cien millones con una naturalidad que parecía insolente. Mora cambió la edad mental de la Selección. Le recordó a México que el talento joven merece cancha, riesgo, paciencia, roce internacional y confianza real, porque cuando se le abre la puerta a tiempo, el futuro deja de parecer discurso y empieza a tocar la pelota.
Quiñones merece un capítulo aparte. Cuatro goles en cinco partidos mundialistas, el primer gol del torneo, apariciones en tardes pesadas, eficacia de delantero grande y carácter de futbolista que entendió el tamaño de la oportunidad. FIFA ya venía señalándolo entre las revelaciones del campeonato por sus tres goles en cuatro partidos antes de enfrentar a Inglaterra, y su gol en la eliminación lo dejó empatado en la cima histórica de goleadores mexicanos en Copas del Mundo, junto a Chicharito y Luis Hernández, aunque ellos en más mundiales. En términos de impacto, Quiñones se instaló en la cima de los naturalizados del Tri. Antes la conversación sobre naturalizados venía cargada de prejuicios, dudas y discusiones de identidad. Él respondió con goles que valen memoria. Se volvió mexicano en el lugar donde se legitima la pertenencia futbolera ante millones, dentro del área y con el estadio gritando su apellido.
También quedan escenas que el resultado jamás podrá borrar. El primer gol mundialista de Raúl Jiménez ante Sudáfrica, luego su penal ante Inglaterra, tuvo valor de revancha íntima para un delantero que atravesó lesión, miedo, reconstrucción y juicio público. La despedida de Ochoa tuvo aire de álbum familiar, la última página de un portero que durante años sostuvo partidos que parecían perdidos desde el himno. El Piojo resultó una sorpresa de energía y descaro. Johan se consolidó con jerarquía de defensa serio. Lira dejó una estampa de esfuerzo, recorrido y lectura. Quiñones llevó la contundencia a una zona donde México tantas veces había vivido de buenas intenciones. Mora sorprendió al mundo sin pedir permiso. Ese grupo perdió, pero devolvió pertenencia e identidad.
El fin de ciclo del Vasco debe leerse con justicia. Aguirre deja una Selección competitiva, unida, reconocible, capaz de emocionar a una afición exigente y cansada de promesas rotas. El mérito adquiere una dimensión mayor tomando en cuenta la situación en la que llegó. Su ciclo termina con dignidad y dolor. Ahora sigue Rafa Márquez que trae autoridad europea, liderazgo de vestidor, comprensión del futbol moderno y una historia que le permite exigir sin disfraz.
Mejorar aún más para poder competir con las grandes potencias, exige tocar intereses. Limitar extranjeros puede abrir espacio al mexicano si viene acompañado de minutos reales, formación fuerte y evaluación seria. Volver a Libertadores daría roce sudamericano, viajes hostiles, arbitrajes incómodos, partidos de supervivencia y una presión diferente a la comodidad doméstica. Facilitar salidas a Europa tendría que ser política de liga, aun cuando signifique vender antes de inflar precios hasta cerrar puertas. Recuperar ascenso y descenso devolvería castigo deportivo, hambre institucional, mérito y temor competitivo. El futbol mexicano requiere menos discurso de escritorio y mayor intemperie. Requiere clubes que formen para exportar, dueños que acepten riesgo, entrenadores que apuesten por juventud y dirigentes capaces de entender que proteger demasiado termina debilitando.
El interés internacional por Mora y Lira tendría que cuidarse con inteligencia. Mora necesita una ruta que respete su edad y acelere su aprendizaje. Lira merece una liga que eleve su ritmo. Johan debe sostener su consolidación europea quizás con un equipo de mayor renombre. Santiago requiere recuperar filo y subir al Wolverhampton. Quiñones debe mantener su hambre fuera de la liga árabe. La base existe, pero una base sin proyecto se vuelve anécdota. Una base con tiempo, exigencia, exportación y competencia real puede cambiar la conversación de una generación entera.
Me quedo con la mudanza y el celular, con la casa desarmada y el país armado alrededor de un autobús. Me quedo con las calles llenas, con la gente cantando, con familias que salieron a celebrar victorias que parecían liberar años de frustración, con niñas y niños pintados de verde, con adultos que volvieron a emocionarse pese a tantas cicatrices. Me quedo con el juego contra Ecuador, con los minutos en que México dominó a Inglaterra, con ese instante en que el estadio creyó que la historia se podía doblar con las manos. Perder dolió porque esta vez había argumentos. porque el equipo tuvo rostro y porque la esperanza era adulta.
Cruda realidad y si no… esa frase queda suspendida, incompleta, igual que México en este Mundial. Cruda realidad, porque Inglaterra está en otro escalón de mercado, liga, jerarquía y profundidad. Y si el futbol mexicano se atreve a cambiar de verdad, si abre puertas, si exporta, si compite en torneos duros, si devuelve mérito, si deja crecer a sus jóvenes bajo presión auténtica, esta eliminación puede ser el inicio de algo mayor que una buena Copa. Puede ser el punto de partida de una Selección que deje de pedir milagros y empiece a construir ventajas. Puede ser el recuerdo de la tarde en que un país vio perder a México y aun así entendió que la esperanza seguía viva, ya menos ingenua, ya mayor organizada, ya lista para exigir futuro.
Se vale soñar…pero con argumentos, planeación, voluntad política y resultados, en esto y en todo. Aquí, ahora y siempre.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y la cruda realidad lo permiten.
Placeres culposos: Los cuartos de final del mundial.
Y volvemos a escuchar a The Beatles, Led Zeppelin, Queen, Adele, Elton John y Phil Collins.
Los goles de Jiménez y Quiñones para Greis y la esperanza hacia Mora para Alo.
David Vallejo
Politólogo y consultor político, especialista en temas de gobernanza, comunicación política, campañas electorales, administración pública y manejo de crisis. Cuenta con posgrados en Estados Unidos, México y España. Ha sido profesor, funcionario estatal y federal, así como columnista en Veracruz, Tamaulipas y Texas. Escritor de novelas y cuentos de ficción. Además, esposo amoroso, padre orgulloso, bibliófilo, melómano, chocoadicto y quesodependiente.
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